EL MADRID DE UNAMUNO

“Se le siente cuando a la hora del alba se ve cruzar un rebaño
de ovejas por ese cordel de la Mesta que es el Paseo de la
Castellana (…) Y piensa uno si el pastor que conduce su rebaño
por la cañada de la Mesta, que es el paseo de la Castellana, al
rayar el alba de Castilla, no descenderá en linaje de aquellos
cabreros, que oyeron encantados al caballero.» Miguel de Unamuno, Madrid. 2020
Lo único que sigue aconteciendo en la Castellana como acontecía hace un siglo es el amanecer.
Y uno piensa que un oficinista que contempla el alba desde lo alto de un gigante de acero y cristal quizá descienda en linaje de algún pastor que oyó encantado al Borbón.

“Lo que habrá escuchado en atento silencio esa calle del
Sacramento, sin tranvías y casi ‘sin autos’; esa fila de
viviendas ciudadanas, recogido remanso de historia. ¿Del
viejo Madrid? No, sino del Madrid intemporal, del Madrid-oso y
madroño-que soñaba, vivía y revivía Don Benito, su
evangelista. Por esa calle del Sacramento solía callejear Bringas, el del Palacio Real.”
La calle del Sacramento es
imprescindible para el alma madrileña.
Para uno es imprescindible
para conocer su origen.
Sus padres se unieron en matrimonio en su lecho, y uno le debe la vida a la calle del Sacramento.

«La frente marmórea de su serenidad Cibeles, coronada, brilla al aire azul de Madrid (…) El pobrete quería romper la mano que lleva las riendas de la historia cotidiana, de la cotidianidad, de la costumbre; la que enfrena a los leones del instinto salvaje, la que guía la serenidad.»
Cuenta la leyenda que un díscolo
pretendía vandalizar a la Cibeles.
Pero él no sabía que la Cibeles no es una fuente.
La Cibeles vive en todo
madrileño que hace algo tan cotidiano como protegerse del sol para divisar el autobús que llega para recoger pasajeros.

“Esa calle del Pez, zigzagueante como
nuestro pensamiento de los dieciocho
años, cerrando en redondo el horizonte, sin huidas de vista a campo o plaza. ¿Se encontrará uno allí la sombra del que fue o su ensueño?”
El horizonte se cierne
sobre nosotros mientras la
juventud zigzaguea por el
olvido.
A la calle del Pez
llegan nuevas sombras
buscando ser ensueños.

“Al susurro brizador de la fuente, de su surtidor, surgen leyendas que son pasatiempo (…) Tal vez el rezo que desparraman por la rinconada de San Antón badajos de la infinita campana de la pasajera eternidad humana, esos delfines de Santa Brígida de los Galápagos de este Madrid de la España eterna.”
Los delfines de Santa Brígida son
testigos privilegiados de la historia
de Madrid.
Susurran sus secretos para
aquel que sepa escucharlos, y
permanecen impasibles ante la eternidad.
Las leyendas son pasatiempos para los delfines de Santa Brígida.

«Aquí me tenéis otra vez, amigos míos, a reanudar, a recomenzar una campaña que aquí murió. Se ha dicho que esta Casa, que es una casa de cultura y además subvencionada,
debía ser neutral. La ciencia de vida no es nunca neutral, es
alter neutral, no neuter, ni uno ni otro, sino uno y otro. (…)
¡Qué poca le va quedando de la no mucha inteligencia que tenía a ese listo sin talento!»
El intelectual pelea con la
palabra, al listo se le ha olvidado hablar.
Unamuno regresa al Ateneo para asestar el golpe final a la monarquía.

“Y entramos al santuario, queriendo recordar el que hace medio siglo
habíamos visitado. Sólo queda la imagen de Nuestra Señora, la de
Atocha, la del Espartal. Una imagen de virgen española, castellana,
morena, de color tierra quemada. (…) La de Atocha, la del Espartal, se
hizo palaciana, como la de la Almudena, la de las praderas del
Manzanares. Hoy la ciñe no un barrio de menestrales, sino un arrabal de
obreros, debido al estrechamiento de la urbe metropolitana.”
Nuestra Señora de Atocha preserva la fe de una villa en riesgo de perder su casticismo.
Las almas decididas a aferrarse a la religión se refugian en su seno.
Tradición y progreso pueden y deben convivir.
Santo Domingo de Guzmán sirve impasible a este propósito.

“Y el año, hace cerca de un siglo. Y allí vive y muere; allí sigue viviendo su muerte trágica, su suicidio. Y uno soñaba religiosamente: ¿No siente? ¿Le siente uno a Larra? ¿Siente su tierra y su pueblo, su España?”
La muerte no es puntual, ni
momentánea.
La muerte vive hasta
que uno la deje de sentir.
Larra sigue muriendo mientras España le sienta.
Y si uno siente a Larra, siente a España.

“Y luego, por el pretil de los Consejos-¡qué otro nombre!-, a la calle Segovia; una encañada urbana, y sobre ella, el Viaducto, antaño suicidadero popular, que conduce a su aledaño, el Palacio de Oriente, también en cierto sentido, no literal, sino espiritual, suicidadero… dinástico.”
Un puente con el alma ennegrecida
por su historia infame.
Un bautizo trágico de necesidad.
El Viaducto de Segovia sobrevive a la historia muy a su pesar, porque el cristal no opaca la tragedia.

“Gente que baja hacia la puesta del Sol-desde la Puerta del Sol- a refrescarse la vista con el verdor de la Casa de Campo (…) ¡Ay, aquellos años de las melancolías estudiantiles de uno, hace medio siglo-en la llamada Restauración-, en este Madrid, que ya uno, en la puesta de su vida, empieza a descubrir!”
La luna toca a la puerta mientras la
juventud se esconde tras el horizonte, y su luz tenue apenas deja ver la vida que se escapa.
Las agujas de la Puerta del Sol la apresuran con cruel indiferencia.
ANEXO




















